NO VOY A SENTIRME MAL

CONSEJOS PARA MEJORAR LA AUTOESTIMA DE TUS HIJOS/AS. (Parte I)

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Hablemos de autoestima, o lo que es lo mismo, la percepción evaluativa que tenemos de nosotros/as mismos/as. Así, tener una autoestima equilibrada es algo un tanto complicado, ya que si está demasiado alta podemos vernos abocados a una actitud de arrogancia, mientras que si se encuentra demasiado baja las consecuencias pueden ser estados de ánimo negativos.

Para tener un buen nivel de autoestima necesitamos tener la sensación de que hacemos las cosas bien, que hacemos lo que nos gusta o lo que queremos hacer, sin reprimendas constantes por no hacer otras cosas o no hacerlas de la manera que se supone que debemos hacerlas y, muy importante, sentir que las personas que nos rodean son capaces de ver nuestros logros. En definitiva, para tener una autoestima coherente, necesitamos estar a gusto con nosotros/as mismos/as (las cosas que hacemos, decimos y los resultados que ello produce) y con el mundo y las personas que nos rodean.

Siendo así, ¿dónde creéis que puede estar la autoestima de un/a niño/a con TDA-H? Tal vez tu propio/a hijo/a podría decir: “No puedo tener una buena si…”:

  • No me invitan a las fiestas de cumpleaños.
  • Continuamente me riñen o estoy castigado/a.
  • Nadie quiere sentarse o hacer los deberes conmigo.
  • Continuamente me dicen que todo lo hago mal.
  • Todos me tratan como si fuera tonto/a.
  • Pierdo los deberes, y eso me ha llevado más trabajo que a los/as otros/as.
  • A menudo hago cosas que no quería, aunque después pido perdón ¡ya es demasiado tarde!
  • No me doy mucha cuenta cuando hago las cosas mal.

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En mi experiencia profesional son muchos/as los/as niños/as y adolescentes que podrían coincidir con este relato, ya que debido a los síntomas nucleares del TDA-H (inatención, impulsividad e hiperactividad) nos encontramos ante personas (y personitas) para las que el mundo va demasiado rápido.

Estar pendiente de todo, recibir y cumplir bien todas las órdenes, hacer los deberes, quedarse quieto/a durante un rato largo o varias horas seguidas, tomar decisiones sopesando todas las implicaciones y consecuencias, secuenciar una acción para darle coherencia, entender y retener las normas para aplicarlas en cada momento… Son cuestiones básicas para cualquier niño/a que no sufra aquellos síntomas, pero no para uno/a con TDA-H, por el daño implícito en las funciones ejecutivas que conlleva el trastorno.

Para ampliar información sobre esto, puedes ver infinidad de vídeos en youtube que hablan sobre las funciones ejecutivas.

Bajo este prisma, surge la pregunta esencial. ¿Cómo podemos cuidar la autoestima de nuestros/as chicos/as? Veamos algunos ejemplos.

 

LA PEOR RECETA
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No escuchar

A veces es difícil escuchar a un/a niño/a porque tienden a la verborrea, la exageración, la invención y a la incoherencia en sus discursos, pero eso no es motivo suficiente como para dejar de escucharles.

Generalmente en la infancia, y muy especialmente en la adolescencia, es recomendable que el/la chico/a sienta que su “importantísimo mundo interno” está siendo tenido en cuenta. Recordad que el objetivo de escuchar a los/as hijos/as no es tanto darle solución a sus “problemas” (que los tienen, como cualquiera), sino hacerles sentir que tienen un respaldo, que no están solos/as.

Por lo tanto, practica la escucha activa y haz que se sientan parte de la familia.

Despreciar

A veces es difícil mantener la calma porque un/a niño/a con TDA-H puede parecer insensible, irritante y en ocasiones hasta desafiante.

Incluso en los “peores” momentos, es importante no despreciar el punto de vista que nos está mostrando, aunque no lo esté haciendo de la mejor manera.

Por lo tanto, evita en la medida de lo posible los mensajes de “TÚ ERES”, cambiándolos por los de “TÚ TE ESTÁS COMPORTANDO”. Téngase en cuenta que el mensaje que transmitimos cuando decimos “Tú eres…” es: “Tienes un carácter que no se puede cambiar, siempre eres así y siempre lo serás”.

Así mismo, cuando emitimos mensajes del tipo “Siempre lo estropeas todo; ¿por qué tienes que ser así?; sólo piensas en ti mismo/a; te crees que lo sabes todo, ¿verdad?”; estamos etiquetando de manera gratuita, empaquetando la forma de ser del/la niño/a como si siempre fuera la misma. Y esto, según mi experiencia, es falso.

Los/as niños/as impulsivos/as, hiperactivos/as, tienen momentos de todos los colores, es por ello que cuando su conducta se les va de las manos debemos hacérselo saber con mensaje de “TÚ ESTÁS…”: “Tú te estás comportando como un niño egoísta al no compartir tus juguetes. Tú te estás comportando muy maleducadamente al gritarle a tu amiga. Tú en estos momentos estás actuando muy mal”.

Con este formato dejamos implícito otro tipo de mensaje: “Oye, ahora mismo estás comportándote de forma inadecuada, pero eso puede cambiar, reflexiona y piensa bien lo que haces, porque tú no eres así siempre”. De esta manera, respetamos la forma de ser del/la niño/a incluso cuando se está portando mal, o lo que es lo mismo, equivocándose.

Al hilo de esta reflexión, te pido que pienses en cómo te sentirías tú si todos pensaran que eres mala persona debido a los errores que cometes. Pues de esto va la película, de no hacer sentir así a los/as niños/as, entre otras cosas porque está demostrado que las personas tienden a ofrecer de sí mismas lo que su entorno espera de ellas.

Para más información sobre este punto, busca en Internet: “Efecto pigmalion”.

Sobreproteger. Falta de confianza
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Sobreproteger a alguien implica una falta de confianza hacia esa persona. Lo entiendo, nuestros/as niños/as hiperactivos/as dan muchos motivos para no confiar en ellos/as cuando salen al mundo exterior, ya que su carácter inquieto, despistado e impulsivo les lleva a cometer bastantes errores de cálculo: La acera se acaba antes de lo esperado, resulta que estaba en rojo y no en verde, en el tobogán aún había un niño abajo cuando él/ella se ha tirado…, y este tipo de cosas.

Pero igual de cierto es que todos los seres humanos, con TDA-H o sin él, aprendemos bajo una ley universal: ENSAYO-ERROR. A un/a niño/a con TDA-H tal vez le cueste más ensayos aprender algo (y por lo tanto más errores), pero al final lo aprenden. ¿Mi consejo? Déjales que se equivoquen, si no sufren las consecuencias de sus actos nunca entenderán que hay que buscar maneras alternativas de hacer ciertas cosas.

Por otro lado, los/as niños/as deben desarrollar seguridad en sí mismos/as para poder ser personas adultas coherentes y felices. Un/a adulto/a sin recursos personales para/con el entorno, suele ser un/a adulto/a infeliz. Por lo tanto, aunque te cueste, confía en tu hijo/a y en sus habilidades. Ten una supervisión lejana, pero deja que se caiga y se vuelva a levantar por sí mismo/a, deja que tenga problemas puntuales con sus compañeros/as de clase, deja que se pelee alguna vez en el parque, deja que sea egoísta y conozca el precio del rechazo de los demás. En definitiva, déjale que aprenda y, después, aprovecha la situación para enseñarle cómo hacerlo mejor la próxima vez.

Comparar

Comparar a una persona con otra es una de las mejores maneras de mermar la autoestima de alguien. Cuando dicen que las comparaciones son odiosas es porque lo son.

Evita por todos los medios comparar a tu hijo/a con cualquier otra persona. Por el contrario, hazle ver qué le hace tan especial, porque tiene que haber algo. Si no lo sabes búscalo y díselo, y nunca dejes de buscar esas cosas para que nunca tengas que dejar de decírselas.

Pero, por favor, nunca le compares. Ellos/as ya saben que son más torpes, olvidadizos/as, malos/as estudiantes…, que la mayoría de niños/as que les rodean, familiares incluidos. Y también saben que las personas adultas se sienten más orgullosas de unos/as niñas/as que de otros/as. Por ello, lo último que les hace falta es que alguien, cuyas palabras gozan de poder en su mente, haga evidente la dolorosa comparación.

Además, con las comparaciones suelen crearse expectativas desbordantes para el/la niño/a y ante una situación tal, tomará la decisión de escabullirse, negarse o en última instancia desafiar. En cualquier caso, perderá confianza en sí mismo/a al ver que no va a cumplir con las expectativas de los mayores (papá, mamá, profes…).

Buscar los fallos

Cuando un/a niño/a es despistado/a, no se entera bien de las cosas, a la mitad de la secuencia ya se le ha olvidado la mitad de lo que tenía por hacer… Cuando eso pasa, es complicado que hagan algo excelentemente, pero muchas veces los mayores seguimos esperando dicha excelencia.

Ejemplos:

Hoy el niño ha fregado los platos, pero le decimos: “Te has dejado la grasa aquí. Deja, yo lo hago mejor”.

Ayer la niña se vistió sola, pero le dijimos: “Podrías haberte fijado más para no ponerte la camiseta del revés”

Esta tarde tu hijo adolescente ha hecho los deberes sin que tú tengas que estar detrás, pero le dices: “¡Hombre! Estás haciendo los deberes tú solo, ¿se ha caído un santo?”.

Cuando nos fijamos sólo en los fallos de una acción, estamos tirando por tierra la intencionalidad de esa acción. Siguiendo con los ejemplos anteriores, seguro que había buena intención en fregar los platos, en vestirse sola o en hacer los deberes sin que nadie se lo diga, pero nos hemos fijado en la parte que ha hecho mal o en todas las veces anteriores que tampoco lo ha hecho bien. Entonces, no reforzamos positivamente la acción, reduciendo la probabilidad de que ésta vuelva a suceder en ocasiones futuras. Así de sencillo.

¿Mi consejo? Reforcemos positivamente no sólo lo excelente, sino lo que sencillamente está bien o medio bien o un poco bien. El objetivo no es elevar su excelencia, sino su autoestima.

Hacer comentarios hirientes

Definamos comentarios hirientes como aquellos que van a hacer daño. Son ese tipo de palabras que sabemos que van a tener un efecto negativo en la otra persona. Aun sabiéndolo, las decimos, pero hemos de ser conscientes de que en esos momentos nuestro objetivo no es provocar un cambio en esa persona. Nuestro objetivo es desahogarnos. De otra manera, no diríamos cosas como: “Eres insoportable. ¿Eres capaz de hacer algo bien? Tienes el don de amargarme la vida. No puedo fiarme de que hagas algo bien”.

Entiendo que todo el mundo puede calentarse emocionalmente en un momento dado, pero en la medida de lo posible os pido que apeléis a vuestra madurez y no caigáis en las riñas de recreo, donde nos afanábamos por ver quién decía la burrada más grande.

Insisto, apelad a vuestra madurez y pensad en la mejor manera de convertir una situación conflictiva en una situación pedagógica, que no dañina.

Focalizar el fracaso

Si a una persona adulta no se le da bien leer, no lee. Si a una persona adulta no se le da bien conducir, no conduce. Si a una persona adulta no se le da bien cocinar, no cocina…

Si a un/a niño/a no se le da bien leer, debe leer cada día, delante de sus compañeros/as de clase. Si a un/a niño/a no se le da bien escribir, debe practicar día tras días para mejorar. Si a uno/a niño/a no se le da bien hacer cuentas, debe hacer un cuadernillo supletorio para aprender. Y así suma y sigue.

Focalizar en el fracaso significa que a veces los mayores nos obsesionamos con enseñarle de todo a todos/as por igual, sin siquiera plantearnos la injusticia de tal acción. ¿Por qué no nos relajamos un poco con aquellas cosas en las que el/la niño/a muestre pocas aptitudes y potenciamos aquellas cosas en las que muestre vocación?

Mi consejo es que intentes potenciar en casa aquello para lo que tu hijo/a muestre aptitudes y actitud positivas. Por fuerza, ha de haber algo. A colación de esto, te invito a que veas en youtube un vídeo llamado “Póker chips”.

A modo de resumen, la peor receta para la autoestima de vuestros/as chicos/as es:

  • No escuchar.
  • Despreciar.
  • Sobreproteger: Falta de confianza.
  • Comparar.
  • Buscar los fallos.
  • Hacer comentarios hirientes.
  • Focalizar el fracaso.

Para finalizar, parafraseo a Sigmund Freud cuando dijo: “Antes de que alguien te diagnostique de depresión o baja autoestima, asegúrate de que no estás rodeado de imbéciles”.

Por favor, trabajemos por no ser esos imbéciles que nuestros/as chicos/as tan poco necesitan.


Alfonso

 

 


Fuente:

el niño muy movido o despitado

 

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