¿Está preparada la sociedad de las prisas para las personas con TDA-H?

Internet, las nuevas tecnologías y la necesidad de obtener resultados inmediatos, están moldeando poco a poco nuestro ritmo de vida, nuestra forma de relacionarnos y nuestras necesidades básicas.

Sólo hay que acercarse a la zona centro de cualquier ciudad moderna actual,  y observar brevemente a los viandantes que transitan por ellas para percatarse que su ritmo de vida es frenético, se apresuran a sus trabajos, a comprar o simplemente pasean con una intensidad que puede resultar poco compatible con el disfrute del mismo, de hecho, prácticamente nadie va paseando de forma relajada. En las paradas de autobús, los semáforos o simplemente mientras caminamos, parecemos estar ávidos de realizar acciones simultáneas, y es el uso del móvil es el triste ganador de este “no parar” que parece haberse instalado en nuestras vidas.

Esta gran colonia que supone la ciudad, parece estar sometida al tiempo, a las prisas y al estrés, obligados a ganar varias horas al día para finalizar nuestras actividades, luego, si vivimos inmersos es la “hiperactividad”, ¿como podemos no comprender a los niños y adultos hiperactivos?

Hasta hace relativamente poco tiempo, el TDAH  en adultos no se entendía como la exteriorización de una sintomatología propia de un trastorno, sino como consecuencia de patologías o circunstancias concretas de la persona, ritmo de vida e incluso a  ser “muy nervioso”, “tener poca paciencia” o se “fácilmente irritable”. La realidad del día a día refleja las dificultades que muestran los niños y adolescentes con TDAH en sus quehaceres diarios, pero no debemos olvidar que hace 30 años, el TDAH no era detectado como en la actualidad y mucho menos tratado, por lo que los adultos a los que no se les detectó el trastorno en su infancia y adolescencia, han alcanzado la edad adulta con importantes dificultades en lo que respecta a las relaciones sociales, problemas laborales, baja autoestima o consumo de sustancias entre otras.

En un gran número de casos, los adultos con este trastorno desconocen que las dificultades que les acompañan desde su infancia, son consecuencia del mismo, y es comprensible, ya que han aprendido a aceptarse. Aunque en el 50% de los casos, estos comportamientos condicionan y limitan enormemente la funcionalidad de sus vidas, no entienden esto como un problema que pueda mejorar, por lo que no creen necesitar ayuda.

Los adultos con TDAH sin tratamiento alguno, se enfrentan a una sociedad hiperactiva que no comprende su hiperactividad y que reacciona con incomprensión ante las manifestaciones de estos, pero son los niños y adolescentes a quienes se les juzga con mayor dureza: les pedimos que se despierten a las 7 de la mañana, se vistan y desayunen rápido, preparen sus materiales para el colegio o instituto rápido, sus padres los llevan a clase en un enjambre de coches, ruido, asfalto y prisas, se mantengan en silencio, atentos y disciplinados en el colegio, hagan los ejercicios y mantengan el orden, al final de la jornada lectiva, los padres recogen a sus hijos con un imperceptible pero presente estrés fruto de la mañana, llegan a casa y deben comer para empezar con las tareas y deberes que deben hacer “tranquilos”, relajados y prestando atención, pero rápido, porque tienen actividad extraescolar y el tiempo apremia, los llevan a que se “relajen” realizando actividades como inglés, música o refuerzo de matemáticas, para recogerlos después con más prisas para llegar a casa y comenzar el tramo final, cenar, ducharse y a la cama para recuperar fuerzas para el día siguiente. Lo que debería sorprendernos no es que el TDAH afecte a un 5-7% de la población infanto-juvenil, sino que esa cifra no sea superior.

Estamos acostumbrados a la rapidez, pero no podemos esperar que todos los cambios se produzcan de inmediato, las personas con TDAH necesitan tiempo que por desgracia, parece no existir en nuestro frenético quehacer cotidiano y esto, desplaza del sistema a quienes no son capaces de subirse al “tren” de una sociedad estructurada de tal forma que impide la inclusión de quienes presentan dificultades.

La necesidad de cumplir con el programa establecido, traslada nuestro ser a la muñeca, es cierto que abarcamos más en el mismo tiempo, pero nos desvinculamos de nuestro entorno y nos distanciamos de los demás a favor de alcanzar los objetivos establecidos.


Diego Salas Castro

Psicopedagogo

Referencias:

revista biosanitaria

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